Un informe de Fedea concluye que la disparidad entre la renta per cápita de la región más rica de España y de la más pobre se aminoró a la mitad entre 1955 y 2018.
Este estudio se basa en la descomposición de la renta per cápita en tres componentes: empleo, demografía y productividad. Cada uno de ellos ha contribuido al proceso de convergencia de la renta, pero sus pesos sobre esta variable han cambiado a lo largo del periodo analizado.
Para entenderlo bien, hace falta mirar hacia el pasado. El ritmo de reducción de la brecha fue potente en los años sesenta, poco después de que la España franquista tomara la decisión de romper con la autarquía y poner en marcha una serie de reformas dirigidas a liberalizar la economía. A partir de 1973, año en el que estalló la primera crisis del petróleo, este proceso perdió energía y, desde la mitad de los años ochenta, la tasa de convergencia estuvo por debajo del 1%, hasta penetrar en terreno negativo durante la crisis.
Fue durante la crisis de 2008 cuando esta brecha se moderó debido a la grave caída del empleo en España. Aun así, aunque hayan existido altibajos, las distancias en la renta por habitante entre la autonomía más rica y la más pobre disminuyó a la mitad en estos 60 años, de 124 puntos en 1955 a 65 en 2018, según La dinámica territorial de la renta en España, publicado este martes por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea).
Mayor peso del empleo
“El origen de las diferencias hace 60 años era casi solo la productividad, mientras que ahora también está la ocupación”, comenta De la Fuente. Su análisis precisa cómo la productividad perdió su papel protagónico en la dinámica de la renta relativa cuando se cambió de siglo, mientras que el empleo, cuyo peso ha subido en 63 años de un 13% a un 62%, se ha convertido en el elemento más importante en la composición de la renta, además de ser la fuente principal de las disparidades de ingresos.
El estudio pone énfasis en que las productividades regionales ayudaron positivamente a la convergencia durante casi todo el periodo. El aumento del paro y el retroceso de la tasa de ocupación tuvieron, por el contrario, un efecto de ralentización en reducción de las desigualdades regionales, a partir de la década de los setenta y sobre todo con la crisis de 2008. “La diferencia es que en los años cincuenta no había paro en ningún sitio y ahora lleva décadas siendo alto, sobre todo en las regiones más pobres”, explica el economista. “Seguramente ahora es más difícil reducir las diferencias de empleo que de productividad, pero hay que tirar por los dos sitios”, concluye.

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